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Música

Despachos bilingües, fantasmas necesarios

By on septiembre 2nd, 2019

La realidad del hip hop se ha dividido – como casi todo en la vida – de forma binaria. La costumbre de partir en dos las cosas es un asunto reciente y moderno – la humanidad solía tener tres alternativas en épocas antiguas, y de allí que cosas como la idea del Padre, El Hijo y el Espíritu Santo hagan parte de nuestras más férreas creencias -, pero parecería que estamos condenados a vivir entre lo blanco y lo negro, entre lo bueno y lo malo, entre la verdad y la mentira.

Pasa también en el hip hop, que durante 46 años de existencia se ha dividido en un debate de costas: la “east coast” y la “west coast”, protagonistas no solo de los avances y conquistas más importantes del pop, sino también de sus más violentos y descarnados enfrentamientos, han sido un fértil territorio de guerra, sangre, y expresión artística. Sin embargo, algo nos ha enseñado esta segunda década de un nuevo milenio y es que nada – o casi nada es lo que parece.

No es la excepción en el hip hop: la forma de arte más grande de finales del siglo veinte se ha contado a través del lente de la opresión, la droga y la violencia, o del lujo obtenido por el llamado “dinero fácil” del narcotráfico y de la delincuencia, dando poco espacio para opciones que, sin embargo, crecieron entre el concreto y lejos de las historias inherentes a sus orígenes humildes y complejas raíces sociales.

La historia de Peanut Butter Wolf – nombre de pila Chris Manak, nacido en San José California – es esa que nunca se ha contado en esa retórica polarizada de la cultura del hip hop: obsesionado con discos desde una temprana edad, Wolf desarrolló durante la década de los años noventa un oído de largo alcance cultural, mucho más allá de la bulla de la radio y la publicidad discográfica. Su influencia sonora se siente en el pop a través de canciones de Incubus y Garbage – ‘Drive’, una famosa balada alternativa del grupo de Calabasas, es hecha sobre un beat suyo y ‘#1 Crush’, insignia de la banda sonora de la película ‘Romeo + Juliet’ de Baz Luhrmann-, pero es más potente aún entre las corrientes más clandestinas y reacias al mundo comercial. Gestor de proyectos que cambiaron el rumbo de la poesía urbana y de productores cuyas ambiciones traspasan con espiritual poder la fragilidad de la fama y del dinero, Peanut Butter Wolf ha descubierto, financiado y construido un universo paralelo de hip hop a través de su sello Stones Throw Records, en el que enigmáticas figuras como Madlib y MF Doom corren libres por secuencias y beats indescifrables, cerebros fugados del rap como J Dilla reconstruyen su estructura y la empujan hacia el “mainstream”, y del que transgresores como Kanye West se han alimentado durante 15 años.

En esta conversación, Peanut Butter Wolf explica cómo se hace, promueve y desarrolla un artista cuando la música es la prioridad, una ambiciosa tarea en que la fama poco o nada aporta al verdadero legado que ha construido Stones Throw a lo largo de dos décadas.

Espero que la disfrute.

Encuentra la conversación también en:

Fuente:
https://themusicpimp.com

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