German Espinosa
Arte y Cultura

Cartagena Y Su Caballero Olvidado

By on septiembre 18th, 2018

Siempre que se habla de literatura Colombiana, ya sea en un noticiero, un programa de opinión en televisión (este no es tan común, ni ocurre tanto como quisiéramos), una columna periodística, en la tertulia de bar, o la reunión de amigos que por alguna razón termina sumergida en el tema, avivada por la nicotina y el alcohol, terminamos en deuda con los que, en términos de popularidad, debieron lidiar con nuestras “vacas sagradas” literarias quienes, sin proponérselo por supuesto, opacaron en cierta medida a otras lumbreras del mismo calibre y talento, pero no tan reconocidas. Un nombre importante en esta lista es el de un cartagenero que nació por allá a finales de la década del treinta, y que falleció a finales de la primera década de este nuevo siglo. Se trata del señor Germán Espinosa, un costeño que supo apropiarse mágica y magistralmente de todos los terrenos literarios en los que se aventuró alguna vez.

El Automático
Desde poesía a ensayo, atravesando por el teatro y las biografías, al teatro y novela, fue en este último y vasto océano donde soltó el ancla y estacionó su inmenso navío creativo. Siguiendo la batuta de un experimentado León DeGreiff, nutrido por la tertulia literaria que se desarrollaba al interior del café “El Automático” – aquel hermoso recuerdo y exponente inmejorable de la cultura literaria capitalina – bañado por una oscuridad siniestra en su prosa, que no puede venir de otro lado más que de esa hermosa costa colombiana, la que durante siglos fue el último baluarte de la infame época de la inquisición, y se mantuvo viva aun cuando su equivalente en el continente español ya había sido acabada, eso sin añadir la carga de brujería africana que era la dominante en la población esclava que habitaba buena parte de ese bello territorio cartagenero; toda este bagaje cultural sirvió de lienzo para su estilo y su producción que nunca dejaría de ser constante y nunca dejaría de deleitarnos por su rico y profundo conocimiento del idioma español y sus a veces oscuros, intrincados y desconocidos caminos. “Los Cortejos del Diablo” y “La Tejedora de Coronas” son ejemplos imprescindibles en el conocimiento de este gran escritor, se desarrollan en esa Cartagena de Indias esclavizada y puerto principal del reino español, en donde el culto a Buziraco – otro nombre que recibía el demonio, según los esclavos traídos de África y principal dolor de cabeza del Santo Oficio o Santa Inquisición – lucha desesperadamente por mantenerse contra ese enorme culto cristiano. Se observa en estas dos obras, en ninguna otra con tanta pasión en ninguna otra con tanto talento, al Germán Espinosa que es poeta y novelista, es contemplarlo mientras juega con el idioma de una manera tal que eres absorbido por un extraño torbellino de musicalidad poética en medio de un valle gigantesco de erudición y precisión histórica que hasta los más grandes de nuestros representantes literarios internacionales envidiarían.

No en vano, “La Tejedora de Coronas” es uno de los patrimonios intangibles declarados así por la UNESCO. Periodista de oficio, crucigramista y diplomático, durante los viajes que realizó gracias a que se encontraba ejerciendo ese último cargo (fue cónsul general en Kenia) decidió descubrir las raíces del cristianismo y mostrarnos su majestuosa visión del momento exacto en que la cristiandad dejó de ser un culto nuevo y limitado en cuanto adeptos, alcance y preceptos para transformarse en esa especie de Leviatán (parecido en cierta forma a ese que nos menciona Hobbes) y empezar a dominar el mundo durante una buena cantidad de tiempo. A través de los ojos del apóstol Pablo de Tarso, también llamado Saulo, en la obra “El Signo del Pez” somos testigos de la creación y masificación de ese culto que reúne a tantos millones.

Desde cuentos que recuerdan a un mismísimo Boccaccio en su Decamerón – por lo subido de tono – a ensayos que muestran a ese híbrido creado al ser costeño y desarrollar su obra radicado en la capital, pasando por biografías exquisitas a oscuros poetas colombianos (Barba Jacob, el que terminó odiando profundamente a Colombia, y Asunción Silva, cuyo triste, nostálgico, oscuro, hermosísimo e incestuoso legado recordamos cada vez que un billete de cinco mil pesos se nos atraviesa y vemos su mirada perdida), dejándonos de nuevo en ese navío perfecto que fue su novela histórica y que es último escenario que recorre la recomendación literaria de esta semana. Les dejo una amable invitación a la vida y obra de este eterno enamorado (fiel a su esposa, la talentosa pintora de nombre Josefina, a la que siguió sólo un año después de ella encaminarse en el último viaje que emprenderemos todos inevitablemente algún día), caballero de las artes y las letras, cuyo recuerdo merece sobresalir más a menudo, cada vez que se hable de buena literatura colombiana.

Daniel Claros

jadafeclar@gmail.com

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